Mi pequeña colegiala


Yo lo sabía. Lo sabía desde aquella mañana que le vi. Él estaba con sus amigos y sus notas. Cuando se quitó el casco, delante de aquel pub, le vi y ¡Dios! lo que sentí. Sus ojos tan azules como el cielo, y transparentes como el mar, su tez curtida y morena, su pelo negro más oscuro que la noche. Un anillo colgaba alegremente de su oreja, y supe entonces que me iba a costar no amarle, y me iba a costar olvidarle. Él se volvió cuando uno de sus amigos, gritó su nombre ¡Bendito nombre! Benditas letras que lo componían, lo que significaba, sabía que, por la noche mi última palabra sería para él. En muy pocos días mis libros y mis cuadernos, se llenaron con su nombre y mi corazón, de sueños y fantasía. Cada tarde salía de clase, iba al parque donde sabía que él estaría, y le observaba desde una esquina. Temerosa de que me viera vestida de colegiala, y me tomara como una cría. La cría que soy pero con el corazón, capaz de todo el amor del mundo, y cuando se reía ¡Dios lo que sentía! Creía morirme, echaba ligeramente la cabeza hacia atrás, adquiriendo el gesto revoltoso de un niño. Un día sentada en el parque, él estaba sentado frente a sus amigos. Dio la última calada a su cigarro, arrancó la moto y se marchó. Yo le seguí con la mirada cuando de pronto apareció un Sinca P2000 de color rojo vivo; salió de la calle prohibida. Yo grité entonces... Aquel horrible ruido de cristales rotos. Salí corriendo hacia él, las lágrimas me nublaban la vista, tenía medio cuerpo debajo del coche, estaba boca abajo, con la cabeza ladeada y un brazo destrozado. El conductor salió del coche, diciendo una y otra vez que lo sentía, me agaché y puse su cabeza en mis rodillas, le quedaba un soplo de vida. ¡Me miró!... Sus ojos reflejaban tranquilidad aunque su rostro se crispaba de dolor y del borde de sus labios un poquito de sangre desaparecía en su camisa. Sólo dijo una frase: "Tú, mi pequeña colegiala" y dejó de existir. Estaba destrozada para llorar, le cerré sus ojos azules para siempre, cuando me di la vuelta vi a sus amigos alrededor, quietos, viendo el cuerpo sin vida. Comencé a caminar torpe y lentamente, y como un susurro oí: "Es la chica de la que estaba enamorado". Eché a correr y cuando mis entrañas creía que iban a explotar hasta donde él estaba, supe que era yo su pequeña colegiala. Había oído el grito de su corazón.

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